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lunes, 11 de octubre de 2010

RETORNO AL BARRIO CHINO



Este "post" de hoy es un pequeño apendice al anteriór, adherido a la jornada por la convivencia en la "blogosfera".

Nací en la Calle del Hospitál de Barcelona, una de las calles transversales que arrancan en la Rambla de Las Flores. A un paso de uno de los paseos mas bellos del mundo, y a unos metros escasos del Gran Teatro del Liceo, monumento de la cultura lírica y musicál. También muy cerca del Mercado de la Boqueria, otro monumento, pero de la cultura gastronomica mediterranea. Alimento para el espiritu y el cuerpo.

Los lectores que me sigan desde fuera de Barcelona, y sean aficionados a la literatura negra, quizás tengan referencias del barrio a través de la obra de Manuél Vázquez Montalbán. Su serie de novelas protagonizadas por Pepe Carvalho están ambientadas en sús calles, y reflejaban con bastante fidelidád el ambiente del lugár.

No puedo decír que la mia fuese una infancia idílica, pero no me faltó nada de lo esenciál que precisa un niño para crecér. Vivír en este barrio, a pesár del mala fama que acarreaba en aquélla época, fué un privilegio. La belleza y la miseria convivian en el barrio, interactuando entre ellas. Allí convivian humildes trabajadores con la pequeña delincuencia endemica en el barrio. Las prostitutas y las amas de casa que realizaban las compras en el mercado compartian aceras.

Aunque ahora, con la perspectiva de los años pasados, creo que aquella pequeña delincuencia era bastante ingénua, "naíf" por decirlo de una manera gráfica. Llevaban una vida aparte, en sú mundo, sin interferír casi en la vida del resto del vecindario, gente de clase trabajadora compuesta por pequeños artesanos y comerciantes de la zona, pescadores, marinos y trabajadores portuários. Eso fué antes de que las drogas irumpiesen con fuérza en el viejo bárrio, con toda sú carga de dramatismo y miséria. La heroina mandó a las cárceles o al cementerio a toda una generación de jóvenes.

En 1.974 mi familia decidió mudarse al Ensanche. Surgió la posibilidád de irnos a vivír a la calle Córcega, cerca de la Escuela Industriál y el Hospitál Clínico, y mi madre, algo cansada del mál ambiente que empezaba a extenderse por la zona, convenció a mi padre de realizár la mudanza. Tengo que reconocér, que aunque mi madre no conocia a fondo el ambiente del barrio, tenia una fina intuición. Las flores del mál estaban creciendo en sús oscuros rincones hasta desbordarlos.

Me adapté rápidamente al nuevo barrio, y mi entrada en la adolescencia abrió paso a una época frenética de mi vida. Compaginár un prematuro trabajo con mis estudios nocturnos no me dejaba demasiado tiempo, ni siquiera para añorár las amistades y compañias del viejo bárrio. Mis visitas a él eran poco menos que ocasionales, y la vieja pandilla de amigos se habia dispersado, unos siguiendo el ciclo de estudios ó trabajo, otros, los menos, iniciando sú descenso a los infiérnos que suponian la delincuencia, las drogas y la cárcel.

Fué a finales de los años setenta. A los políticos municipales de la época, el nombre de "Barrio Chino", o él "Chino" les desagradaba, para los políticos progresistas, señoritos de la parte alta de la ciudad, era un nombre que evocaba delincuencia, drogas y prostitución. Decidieron cambiár la denominación por la de "El Ravál" ó "Ravál", mas politicamente correcta para ellos. La verdád es que para los residentes del barrio, y para mí, el viejo nombre no tenia nada de peyorativo, incluso nos sentiamos orgullosos de él. Un nombre ó una palabra, intrinsecamente nunca són negativos. El nuevo nombre intentó sér una capa de maquillaje para dulcificár la degradación progresiva de aquellas calles.

Volví casuálmente una mañana de primavera de 1.989. Yo era un jovén comerciál de una empresa metalúrgica especializada en recambios para automóviles de importación, y uno de los clientes más interesantes de mi cartera tenia las oficinas en la calle Peu de la Creu, en el corazón del barrio chino. Decidí prescindír del coche y desplazarme en el ferrocarríl metropolitano, aparcár un coche en aquella zona ya era una misión imposible en aquella época. Emergí a las Ramblas desde la estación de Liceo, y me detuve unos instantes a contemplár los puestos de flóres del tramo centrál del paseo. Aún reconocí las caras de algúnos-as de los vendedores, habian mas canas y arrugas que antaño, pero seguian en sús pequeños puestos, inundando de colór y belleza aquél lugár como siempre habian hecho. Los colores de fuego de las rosas me daban la bienvenida.

El viejo barrio habia seguido recibiendo inmigrantes continuamente desde que me marché de alli. Pero esta véz no procedian de otras zonas del país. Llegaban del otro lado de los mares que nos rodean. las calles se habia poblado de gentes del Magréb, de Paquistán, del África negra y de Ásia. Habia bastante recelo por parte de los antiguos residentes hacia los recién llegados. Sús complicaciones con el idioma eran una dificultád añadida, y los problemas de integración, bastante sérios. Los roces y los conflíctos, inevitables.

Crucé las pequeñas calles contemplando el espectáculo de la nueva diversidád instalada allí. Carnicerias Halál para el consumo de los musulmanes, pequeños bazáres de electrónica barata regentados por paquistaníes habian desplazado a los negocios tradicionáles. Los primeros chinos habian abierto sús pequeños restaurantes.

Llegué a la calle de los Ángeles justo a las doce del mediodia. El viejo colegio daba la salida a las clases de la mañana, y un grupo de crios en la entrada del colégio con sús gritos llamó mi atención.

Era un grupo hetereogéneo, mucho. Casi parecian el arco iris. Habia entre ellos magrebíes, negros, blancos y algún asiático. Tenian como origen los cuatro puntos cárdinales. Estaban abrazados por los hombros, y cantaban al unísono, a berrido límpio con toda la fuerza de sús jóvenes pulmones un viejo y conocido himno : el del Fútbol Clúb Barcelona.

La imágen de aquél grupo de mocosos multicolores, súcios trás una sesión intensiva de recreo, y cantando alegremente el himno del "Barça" me llegó al alma, y barrió todos mis prejuicios y mis desconfianzas hacia la nueva inmigración de un solo gólpe.

Puede sér que sús padres tengan serios problemas para hacerse entendér, que quizás nunca acaben de integrarse del todo. Pero sús hijos han arraigado en esta tierra con raices fuértes, son uno más de nosotros, y tienen aquí sú vida, sú futuro y sús sueños.

Me alejé del grupo de pequeños con un nudo en la garganta. Me habia reconocido en ellos.

Hoy mi antiguo bárrio se hunde en la degradación. El escándalo de corrupción en la Concejalia del Distrito es solo la parte visible de la decadencia ideológica y materiál que sufre toda Barcelona.

Treinta y trés años de gobierno municipál del mismo colór político son demasiados. Al ex-alcalde Pascuál Maragáll, artífice de la transformación olímpica de Barcelona, a quién tengo que reconocér sú profesionalidád, sú trabajo y sú éxito en el ayuntamiento, le han sucedido un pár de alcaldes mediócres, rodeados y ayudados por concejáles más mediocres aún. El gobierno municipál se limita a "parcheár" los problemas con soluciones ineficaces que solo buscan el titulár periodistico de urgéncia. La diferencia entre un político y un estadista, es que el político gobierna con soluciones a corto plazo, y el estadista busca soluciones que dentro de veinte, treinta años, sigan siendo aún válidas. Necesitamos estadistas con urgéncia.

Hace falta un cambio profundo. Por muchos motivos, pero principalmente por higiene democrática. Paradojicamente, la democracia ha desarrollado una tirania blanca y blanda, pero tirania al fín y al cabo. Bajo las sombras de un podér político tan prolongado, siempre crecen los parásitos indeseables.


jueves, 7 de octubre de 2010

JORNADA DE LA CONVIVENCIA EN LA "BLOGOSFERA"


Hoy, ocho de Octubre, unos centenares de "blogueros" hemos acordado hablár de un tema universál, tanto geograficamente como cronologicamente : la convivencia.
La cuestión es hablár de ella, con el significado particulár que tiene para cada uno de nosotros esta palabra, y las experiencias que cada uno acumulamos bajo el significado de este concepto.



En mi caso, evoca mi pasado familiár. Nací en esta tierra, a la sombra del monte Tibidabo en una tarde de otoño de un año lejano. En esa hora en que el crepúsculo rinde sú última lúz en un destello violáceo sobre la Sierra del Garráf, y las luces de Barcelona dibujan el trazado cuadriculado de la ciudád, que invitan a seguirlas hasta alcanzár el már.

Mis padres llegaron a esta tierra procedentes del súr, de una Andalucia devastada por la posguerra, por el caciquismo y el hambre, por la falta de oportunidades y de dignidád para sús hijos.

Desembarcaron de un trén en la vieja Estación de Francia, por entonces grís, súcia y destartalada. Me ha costado encontrár una fotografia de la época que refleje aquél ambiente. Hoy la estación luce sú belleza metálica restaurada y luminosa, convertida en una catedrál del ferrocarríl. Pero no siempre fué así.

En aquél lento ferrocarríl, que tardaba dos dias y pico en cubrír los escasos novecientos kilómetros, ellos empezaron sú experiencia en convivír con el resto del pasaje durante aquél duro viáje.

Llegaron a la Barcelona de finales de los cincuenta del pasado siglo. Una ciudád y una región que necesitaban deseperadamente mano de obra procedente del resto del país, y que ofrecia al menos la posibilidád de progresár trabajando duramente.

Traian con ellos las costumbres de sú tierra andaluza, sú forma de entendér la vida y sú manera de hablár el castellano. Llegaron a una tierra con un carácter muy marcado, y con un idioma própio que desconocian totálmente. Pasaron de vivír en pequeñas ciudades rurales a encontrarse solos en el asfálto de una grán ciudád, donde todo pasa muy deprisa y sin tiempo para pensár algo dós veces.

La acogída que brindaba Cataluña a la inmigración era agridulce. Por un lado era necesaria aquella mano de obra de aluvión que llegaba, era necesaria en las grandes y pequeñas indústrias, era necesaria en los andamios de las construcciónes que engrandecian dia a dia aquella Barcelona dinámica en crecimiento contínuo, era necesaria en los pequéños comercios y en el servicio doméstico de los burgueses de buena família.

En mi caso, mis padres se instalaron en el centro de Barcelona, al lado de las Ramblas. Pero la mayoria se instaló en la periferia de la ciudád. En todos los municipios del área metroplitana, crecieron barrios enteros con los recién llegados, cerca de la áreas industriales. En casi todas las ocasiones, barrios que no contaban con los servicios minimos, ni de transporte, ni de saneamiento, ni siquiera comercios que pudiesen atendér las necesidades de sús nuevos habitantes. Estos barrios serian con el tiempo la cuna de un poderoso movimiento asociativo vecinál que libró duras batallas en el finál del  franquismo por sú derecho a disfrutár de unos barrios dignos, y que sirvieron de plataforma a algúnos partidos políticos a la llegada de la democracia.

 Por otro lado, algúnos catalanes sentian miedo de quedár diluidos entre aquella maréa humana que llegaba continuamente a sú tierra. Y aquí empezaron las fricciones entre naturáles y foráneos.

Durante el siglo XVI, se produjo una fuerte corriente migratoria francesa hacia Cataluña. De aquella época procede un vocablo despectivo que se usó para desígnar a los descendientes de aquellos inmigrantes franceses : charnego ( en catalán : xarnego ).

Parece sér que el vocablo procede del antiguo gascón, definiendo a un extraño que no habla la lengua del lugár.

Inmediatamente, algúnos catalanes empezaron a usár esta palabra con sú acepción mas despectiva para designar a los recién llegados. A continuación transcribo una entrada de un diccionario catalán para este vocablo :

                                   - Perro lebrél
                                   - Hijo de una persona catalana y una francesa
                                   - Hijo de una persona catalana y una no catalano-hablante
                                   - Inmigrante castellano-hablante en Cataluña
                                   - Persona castellano-hablante no adaptada al catalán

La adapatación de los inmigrantes andalúces, extremeños y gallegos en Cataluña, no fué dramática, pero tampoco fué fácil, sobre todo para la primera generación. Al lógico sentimiento de nostalgia por el terruño se unió el desprecio de un pequeño sectór de los naturales, lo que provocó la formación de pequeños ghettos donde se recreaba el ambiente del lugár de procedencia, con poco o ningún contacto con la realidád catalana, creandose bares, bailes y lugares de ocio donde se reunian en sus horas libres los emigrantes.

Con el tiempo, la palabra charnego perdió aquella capacidád despectiva, e incluso se introdujo en el imaginario de la cultura catalana gracias a la literatura y de la mano del grán escritór Juán Marsé. El personaje protagonista de "Últimas tardes con Teresa", el inolvidable "Pijoaparte". Un inmigrante que vive en las barracas del Turó de la Rovira, y en sú afán por salír del suburbio intenta seducír a una muchacha de la burguesia adinerada, y conseguír el pasaporte que le saque de sú miseria cotidiana.

Convivencia para mí fué la adaptación de aquellos recién llegados a sú nueva tierra. Con esfuérzo, trabajo y mucha ilusión por progresár y salír adelante, se fueron limando las asperezas, se consiguió el respeto y el cariño de la tierra de acogida, y nos integramos en el lugár que se convirtió en nuestra tierra definitivamente.

En mi caso, me siento orgulloso de mi mestizaje, de dominár dos lenguas diferentes desde la cuna, y de habér conseguido fundír lo mejór de los dos mundos : sú cultúra. He asumido perfectamente mi condición de presunto charnego. Hace ya tiempo que descubrí que me apasionan los lugares fronterizos, suelen sér más emocionantes e interesantes que los homogeneos

Y me ha enseñado a respetar profundamente a los que ahóra llegan hasta aquí procedentes de America del Súr, de la Európa Orientál, de África buscando trabajár honradamente y asegurarse un porvenír mejór con el sudór de su frente. Porque siempre tendré presente la nostalgia que mis padres sentian por la tierra abandonada. Porque el peór drama para un país, o una tierra es que sús mejóres hijos, los más fuertes y capaces, emigren a otro lugár. Porque con ellos se marcha la fuérza, la capacidád y la sangre viva de esa tierra. Lo mejór de ella.

Convivo con esta nueva oleada multicolór en mi bárrio, un lugár que ya acogió a anteriores oleadas migratorias procedentes de la península. No es una convivencia idílica, algúnos de estos recién llegados proceden de zonas rurales y les cuesta adapatarse a un entorno urbáno, pero tampoco funciona mál.

Dias atrás, me sorprendió un comentario de un vecino mio, Cárlos, cubáno,  muy orgulloso de habér nacido en La Habana :
- Estos "guajíros" ( campesinos ) están degradando el bárrio.
Me hizo sonreír, y después de pensár un poco le respondí :
- Los "guajíros", como tú los llamas, a la vuelta de unos años se ducharán tres veces al dia, y andarán obsesionados con conseguír un cubo de basura hermético que les evite los malos olores en la cocína.
Me miró con una duda en el rostro.
- Ya lo verás, Carlos. Solo es cuestión de tiempo, a todos nos gusta la buena vida.

El pasado domingo, andaba reflexionando sobre el contenido de este artículo. A la hora de almorzár, el plato que habia preparado mi esposa me dió un perfecto ejémplo de convivencia y de sinérgias de ingredientes procedentes de los cuatro puntos cardináles de este país : Pulpo a la gallega con "cachelos", ( patatas cocidas ). No hacia falta ír muy lejos, tenia un claro ejémplo en el plato :

              - Pulpo atlántico ( origen : Galicia )
              - Patatas de secano del valle de Bás ( origen : Cataluña )
              - Pimentón dulce y picante ( origen : Múrcia )
              - Aceite extra virgen ( origen : Andalucia )
              - Sal gorda flór ( origen : Alicante )

Unos humildes ingredientes, que por separado no són gran cosa, procedentes de las cuatro esquinas del país, sumados son un manjár digno de un príncipe. Lo acompañamos con un vino rosado navarro