Banda sonora para este "post" : I no corrida ( Quincy Jones )
El individuo de la fotografía es un ciudadano egipcio de veinticinco años. El mozo se llama Al Sayed Al Assawy y alardea de ser el tipo mas fuerte de todo el país. Estos días, el forzudo ha sembrado la polémica en el país del eterno Nilo.
Ante la crisis que sufre la industria turística egipcia por causa de la inestabilidad política ocasionada por la revolución de meses atrás, que derrocó al régimen dictatoriál y que ha sumido al país en una situación provisionál que está aún lejos de resolverse, Al assawy se ha ofrecido para montar un espectáculo digno de la época imperial de Cleopatra : una lucha a muerte con un león al pié de las milenarias pirámides de Gizah.
El "cachas" afirma que es capaz de enfrentarse con un león a manos desnudas, y vivir para contarlo. El revuelo que han montado las asociaciones de defensa de los animales locales ha sido épico. El ministro de turismo egipcio, Mounir Fakry Abdelnou, ha declarado : "Bajo ningún concepto, el Ministerio de Turismo va a tolerár que se comentan actos inhumanos contra los animales".
No me cabe ninguna duda, de que un evento de estas características, atraería un público compuesto en su mayor parte por turistas adinerados europeos y norteamericanos, ávidos de emociones fuertes.
Dándole un par de vueltas a la idea, el "truco" del posible espectáculo queda al descubierto. Se localiza a algún león deshauciado por vejez de alguno de los muchos circos o zoologicos existentes tanto en Europa o en África, se le alimenta adecuadamente para que gane peso y algo de vitalidad, y si es preciso se le tiñe el pelo para disimular su edad y condición de anciano. Y "voilá", tenemos la perfecta "fiera", apta para "caer" en heroico combate frente un hombre "indefenso".
Si yo fuese el señor Mounir, el ministro de turismo, autorizaría el espectáculo solo con una condición : seleccionar yo el león participante en el combate.
Yo seleccionaría un león del Parque Nacional del Serengueti, Tanzania, joven, de unos tres años de edad, y con la certificación de algún veterinario de que el animal disfruta de una perfecta salud. Tras una estresante captura y un agobiante viaje de traslado, mantendría al animal en ayunas los dos o tres días previos al combate.
Como medida de seguridad complementaria al "show", no seria necesaria la presencia de ninguna ambulancia, ni de ningún médico. Solo seria necesario un furgón funerario y un forense para certificar el levantamiento del presunto cadáver. Y repartir entre los espectadores de las primeras filas algunos impermeables, porque las manchas de sangre, una vez secas son muy difíciles de eliminar.
Todo este revuelo, ha traído a mi memoria la polémica de la prohibición por el Parlamento Catalán de las corridas de toros en Cataluña. He de confesar, que ante la llamada "fiesta nacional", me siento indiferente. No me agrada que se maltrate innecesariamente a ningún animal. Las corridas de toros, en Cataluña, estaban condenadas a la desaparición por falta de aficionados. Ultimamente, a las corridas solo asistía una mayoría de turistas extranjeros, y unos pocos aficionados locales de avanzada edad.
Históricamente, a principios del siglo XX existían en Barcelona tres plazas de toros en funcionamiento : El Torín, en el barrio de la Barceloneta, desaparecida desde hace muchos años y que nadie casi recuerda ya, Las Arenas, en la plaza de España, cerrada desde hace décadas y recientemente reconvertida en un centro comercial conservando la preciosa fachada de estilo Mudéjar, y La Monumental, siendo esta ultima la única que permanece en activo.
Quiero dar a entender con esto que la cultura taurina, al contrario de lo que afirman sus detractores, siempre ha tenido arraigo en Cataluña y en Barcelona. La paradoja está en que simultanemente a la prohibición de las corridas, nuestro Parlamento ha protegido por decreto-ley los encierros que se realizan durante las fiestas en algunas localidades de Tarragona, invocando motivos "culturales" y de tradición en la zona.
En estos encierros de pueblo, se maltrata a los toros de una manera indigna, atándolos, y en algúnos casos, fijándoles en los cuernos antorchas encendidas, que enloquecen al animal, y acaban cegándolo debido a las chispas que dañan sus ojos. No se les da muerte, pero el animal siempre queda en un lamentable estado físico que propicia su envío al matadero mas cercano.
¿ Pero no quedamos en que estábamos defendiendo los derechos de los animales ?.
Nunca había visto un caso de cinismo político semejante a este.
Con respecto a las corridas de toros, ya he mencionado que me siento indiferente, aunque yo corregiría algún detalle del espectáculo : prohibiria los picadores y las banderillas. Si alguien se las quiere dar de hombre frente a un toro bravo, que trate de torearlo con sus fuerzas intactas. Ya veríamos cuantos "matadores" se atreverian a ejercer su profesión.
Pero tengo que confesar una de mis pasiones : los encierros de San Fermín, esas carreras vertiginosas a través de las calles del casco viejo de Pamplona.
Fue en un lejano verano al final de la década de los setenta. Con mi recién estrenada mayoría de edad, viajé hasta Pamplona después de pasar años leyendo a Ernest Hemingway. Quería descubrir como aquella fiesta había fascinado al escritor y periodista norteamericano, a alguien que procedía de una cultura ajena a la nuestra, y que le había hecho escribir unas páginas maravillosas cargadas de una épica preciosa y vibrante.
Fueron unos días inolvidables de mi juventud. La ciudad entera era una fiesta tremenda y disparatada. Tuve el privilegio de asistir a los encierros desde un balcón en un primer piso de la calle de la Estafeta. Y el espectáculo de los mozos corriendo con los toros, me "enganchó". Eran tiempos en que no había la masificación actual de corredores.
Me admira el valor y la serenidad que hay que tener para correr junto a un "Miura" de media tonelada de peso, un animal salvaje, bello y mortal. Animales y hombres corren en igualdad de condiciones. Los toros, armados con sus astas, su fuerza física y su corpulencia. Los hombres, armados con su agilidad y rapidez, su inteligencia y un humilde periódico enrollado en la mano, ultimo recurso para sacarse de encima a un toro en un momento comprometido. No hay picadores ni banderilleros., no hay sangre fácil del animal.
Aprendí de amigos locales todo lo que hay que saber sobre la tradición de los encierros, y que esos tipos de las peñas que corren delante de los astados, son autenticos atletas profesionales. Y sobre todo, reconocerles el valor y la hombría necesarias para desafiar a la muerte.
Hubo también un espectáculo de los sanfermines, menos conocido que los encierros que me conmovió : el traslado en la noche anterior al encierro, de los toros a los corrales del inicio de la Cuesta de Santo Domingo desde la zona habilitada para recibirlos.
Fue una escena mágica. La manada de toros bravos, trotando junto a los bueyes, bajo la débil luz de las farolas y el cielo estrellado, envueltos en un silencio solo roto por las esquilas de los bueyes. La belleza de aquellos animales trotando a la luz de la luna por las calles desiertas de Pamplona, me deslumbró.
Así, que cada año, cuando llega el siete de Julio. a poco que pueda, a las ocho de la mañana contemplo a través del televisór la orgía de alegría, belleza y a veces tragedia que son los encierros.
Los encierros actuales, se han moderado considerablemente. La Policia Locál de Pamplona, media hora antes del encierro, "peina" las calles del recorrido, sacando de ellas a quién dá muestras de embriaguez o de nos estar en las condiciones físicas mínimas. El empedrado de la curva, o ángulo del recorrido en la calle de Mercaderes, es tratado con una resina anti-deslizante para evitar que los toros resbalen demasiado llevándose por delante a algún incauto.
El momento que particularmente me eriza el vello, es la oración que dedican cantando los corredores a San Fermín unos escasos minutos antes de correr :
" A San Fermín pedimos
por ser nuestro patrón,
nos guíe en el encierro
dándonos su bendición".
Cuando al final del encierro los animales son encerrados en los corrales de la plaza, no puedo dejar de sentir un pequeño escalofrío y algo de tristeza. Porque esa tarde, unos ratones disfrazados de hombre, que se hacen llamar matadores, van a ejecutar a esos bellos animales después de que hayan sido debilitados a puyazos. Medio desangrados y agónicos, no tendrán ninguna oportunidad de sobrevivir.
Mozos de las peñas, pamplonicas, navarros, ¡¡ Viva San Fermín !!